La fobia a las vacaciones, un mal de época
Hay más consultas de los que le temen al ocio y al tiempo libre. Es porque creen que descansar no les resulta algo útil.
Hay más de 500 términos que definen el pánico ante distintas cosas. Y ahora, hay que agregar uno más: porque cada vez más personas sufren de "fobia a las vacaciones", según un relevamiento realizado por la Red Sanar, una ONG dedicada a la asistencia de los trastornos de ansiedad."Si bien para muchos el período vacacional es un momento para desconectarse de la rutina y del estrés, para otros es sinónimo de angustia y depresión. El cambio brusco que significa pasar del trabajo intenso a la inactividad les provoca un miedo irracional que no pueden controlar", explica Roberto Ré, psiquiatra y director de Red Sanar. Los especialistas aseguran que esta tendencia va en aumento, que en un mundo sobreestimulado como el actual es difícil disfrutar de "hacer nada". "Cada día la gente necesita estar más ocupada porque en esta sociedad sólo hay tiempo para el negocio y el consumo", dice la psiquiatra Graciela Moreschi. Lejos, muy lejos, quedó la "buena reputación" de la que gozaba el ocio en la Edad Antigua. "Los griegos decían que para poder reflexionar había que dedicar tiempo al ocio. En esa época, lo que era mal visto era la actividad", agrega Moreschi, haciendo un poco de historia. Los adictos al trabajo -conocidos como "workaholics" o "trabajólicos"- son los más propensos a sufrir este trastorno. "Vengo porque todos mis amigos dicen que sólo trabajo, trabajo y trabajo y que nunca tengo tiempo para encontrarme a tomar una cerveza, que no salgo de vacaciones", dijo Antonio apenas ingresó en el consultorio de una psiquiatra. Otro paciente llegó por un cuadro de estrés y pronto confesó que hacía tiempo que no se tomaba vacaciones. Según él, su trabajo requería de una atención personalizada y no podía delegar tareas. Dijo, incluso, que los fines de semana se aburría, que eran "un plomo". Y en el verano dejaba a su familia en la Costa y regresaba a Buenos Aires para seguir con sus actividades. Es que para este tipo de personalidad, descanso es sinónimo de holgazanería. Y se aferran tanto a la regla de que "el tiempo es oro", que no toleran que ni un minuto de sus vidas sea improductivo. Pero cuando finalmente llega ese minuto, vienen los problemas. "Las personas que se apoyan tanto en el trabajo suelen velar otras cosas que aparecen cuando se cae la rutina laboral. Las vacaciones pueden ser un tiempo propicio para que surjan las preguntas sobre el futuro, lo cual genera ansiedad y depresión", dice la licenciada Paula Ferder, de Psicólogos en Red. Para evitar el tiempo libre que lleve a la reflexión, muchos pasan años sin tomarse vacaciones. Otros las toman, pero las "hiperprograman", llenando su agenda de actividades para que no quede ningún vacío. Y otros siguen conectados a las obligaciones a través del e-mail y el celular. "En estos casos, la tecnología no ayuda. Las personas siguen trabajando aún de vacaciones. Es lo que se llama 'tumor informático'", dice el doctor Oscar Carrión, presidente del Fobia Club. Así, las vacaciones no surten el efecto esperado. "Algunos vuelven peor de lo que se fueron. Llegan cansados, contracturados, con ansiedad y dificultades para dormir", asegura el doctor Enzo Cascardo, del Centro de Investigaciones Médicas en Ansiedad.La clave, dicen los expertos, pasa por encontrar una compatibilidad entre la responsabilidad y el disfrute a lo largo de todo el año. "Quien logra ese equilibro, tolera mejor el período de vacaciones porque los interrogantes se van dosificando en distintos momentos", opina la psicóloga Tamara Lizevsky.Algunos cuentan los días como presos para la llegada de las vacaciones. Otros, aunque parezca mentira, les temen y quieren evitarlas. El mundo de las fobias parece ser infinito: "Hay tantas como capacidades tiene el hombre para relacionarse con el medio ambiente", sentencia el doctor Ré.
martes, 3 de febrero de 2009
lunes, 2 de febrero de 2009
Vigencia
Los ricos tambien sufren

La crisis de ventas alcanzan a Porsche y a los coches de lujo
Publicado el 02-02-2009 , por Alberto Marimón
La crisis automovilística no tiene piedad con ninguna marca, ni siquiera aquellas que tienen una legión de fans por todo el mundo y son las más exclusivas del mercado. Las ventas de Porsche retrocedieron el pasado mes un 53,7%, hasta 62 unidades, mientras el fabricante de superdeportivos, Maserati, cae un 69%, y Aston Martin pierde un 50%.
Estas caídas son superiores a las de un mercado, que en enero se dejó un 41,16% hasta 59.385 unidades. Se trata del menor volumen en ese mes desde el año 1996, cuando se situaron en 53.090 unidades. El retroceso sufrido es el segunda mayor de la historia en ese mes, tras el descenso récord del 51,6% contabilizado en 1993.
Por marcas, Citroën fue líder en enero con unas entregas de 5.969 unidades y una reducción del 23,9%. Le siguen Ford, que matriculó 5.695 unidades, un 57% menos, mientras que la tercera posición recayó sobre Volkswagen, con 5.499 unidades, lo que supone un retroceso del 30,7% menos.
Las ventas del segmento de gran lujo, al que pertenece Porsche, caen un 40%, mientras que el denominado de ejecutivo, al que pertenecen las berlinas tipo Audi A6 o Mercedes Clase E, retrocede un 61%. El segmento de los turismos pequeños pierde un 36%; el de los utilitarios, un 44%; y el de los modelos compactos, un 44%.
"La gravedad de la crisis económica y financiera continúa configurando inseguridad y pérdidas en todos los sectores afectados. La restricción de acceso a los créditos y la escalada del desempleo ha hecho que el nivel de confianza del consumidor siga en mínimos", señala Anfac, la patronal de los fabricantes de automóviles.
El dato de enero es más dramático si tenemos en cuenta que se compara con un mes de enero de 2008 que ya fue malo con un descenso del 12,8%. En enero de 2007, cuando el mercado estaba lejos de sufrir la actual recesión, se matricularon en España 116.0000 coches.
La asociaciones del sector esperan este ejercicio un descenso superior al 20%, lo que supondría que el mercado apenas alcanzará las 900.000 unidades, una cifra que no se veía desde 1995 y lejos de los 1,6 millones de matriculaciones que se habían registrado en los ejercicios precedentes.
Las asociaciones volvieron a reclamar hoy al Gobierno medidas de urgencia para incentivar la compra de coches en España, siguiendo la estela de otros países, como Francia, Reino Unido, Alemania, Italia o Portugal. Hasta ahora el Ejecutivo de Jose Luis Rodríguez Zapatero ha rechazado este tipo de medidas ya que cree que el Plan Vive de ayuda a la financiación de automóviles es suficiente, aunque las marcas han criticado su excesiva burocracia y la escasa eficacia al no ser un ayuda directa a la compra como en los otros países.
Publicado el 02-02-2009 , por Alberto Marimón
La crisis automovilística no tiene piedad con ninguna marca, ni siquiera aquellas que tienen una legión de fans por todo el mundo y son las más exclusivas del mercado. Las ventas de Porsche retrocedieron el pasado mes un 53,7%, hasta 62 unidades, mientras el fabricante de superdeportivos, Maserati, cae un 69%, y Aston Martin pierde un 50%.
Estas caídas son superiores a las de un mercado, que en enero se dejó un 41,16% hasta 59.385 unidades. Se trata del menor volumen en ese mes desde el año 1996, cuando se situaron en 53.090 unidades. El retroceso sufrido es el segunda mayor de la historia en ese mes, tras el descenso récord del 51,6% contabilizado en 1993.
Por marcas, Citroën fue líder en enero con unas entregas de 5.969 unidades y una reducción del 23,9%. Le siguen Ford, que matriculó 5.695 unidades, un 57% menos, mientras que la tercera posición recayó sobre Volkswagen, con 5.499 unidades, lo que supone un retroceso del 30,7% menos.
Las ventas del segmento de gran lujo, al que pertenece Porsche, caen un 40%, mientras que el denominado de ejecutivo, al que pertenecen las berlinas tipo Audi A6 o Mercedes Clase E, retrocede un 61%. El segmento de los turismos pequeños pierde un 36%; el de los utilitarios, un 44%; y el de los modelos compactos, un 44%.
"La gravedad de la crisis económica y financiera continúa configurando inseguridad y pérdidas en todos los sectores afectados. La restricción de acceso a los créditos y la escalada del desempleo ha hecho que el nivel de confianza del consumidor siga en mínimos", señala Anfac, la patronal de los fabricantes de automóviles.
El dato de enero es más dramático si tenemos en cuenta que se compara con un mes de enero de 2008 que ya fue malo con un descenso del 12,8%. En enero de 2007, cuando el mercado estaba lejos de sufrir la actual recesión, se matricularon en España 116.0000 coches.
La asociaciones del sector esperan este ejercicio un descenso superior al 20%, lo que supondría que el mercado apenas alcanzará las 900.000 unidades, una cifra que no se veía desde 1995 y lejos de los 1,6 millones de matriculaciones que se habían registrado en los ejercicios precedentes.
Las asociaciones volvieron a reclamar hoy al Gobierno medidas de urgencia para incentivar la compra de coches en España, siguiendo la estela de otros países, como Francia, Reino Unido, Alemania, Italia o Portugal. Hasta ahora el Ejecutivo de Jose Luis Rodríguez Zapatero ha rechazado este tipo de medidas ya que cree que el Plan Vive de ayuda a la financiación de automóviles es suficiente, aunque las marcas han criticado su excesiva burocracia y la escasa eficacia al no ser un ayuda directa a la compra como en los otros países.
domingo, 1 de febrero de 2009
¿Los nuevos Wallace & Gromit?

CINE › ADAM FOULKES, ALAN SMITH Y SU FILM THIS WAY UP
El dúo inglés está nominado al Oscar en el rubro Cortometraje animado: allí se las verá nada menos que con el Presto de Pixar, pero su película, oscura e irónica, parece señalar que los animadores tienen un largo camino por delante.
Por Jonathan Brown *
Cuando la elite de Hollywood se reúna el domingo 22 en el Kodak Theatre de Los Angeles para celebrar otro año de brillantes logros en la industria del cine, las esperanzas inglesas en la gloria del Oscar estarán focalizadas en Kate Winslet, Stephen Daldry y Danny Boyle. Pero mirando un poco más allá en la lista de nominados, espiando desde detrás de los voluminosos trajes de gala de las damas presentes, estarán dos tranquilos animadores ingleses que echaron los dientes en videoclips pop y comerciales. Y que ahora se verán enfrentados a las maravillas del estudio Pixar de Disney, en la puja por uno de los últimos desafíos en la realización cinematográfica. Sentados en una mesa cercana al fondo del famoso auditorio estarán Adam Foulkes y Alan Smith, flanqueados por un par de llenadores de mesas en caso de que los llamen desde el escenario donde Hugh Jackman, estrella de X–Men, conducirá la glamorosa ceremonia anual.
El dúo se conoció en el Royal College of Art de Londres, donde se graduaron en 1966: estos pibes de Shoreditch, al este de Londres, están ahora al borde de la fama internacional, nominados por el Premio de la Academia en la categoría Cortometraje animado. Una categoría en la que triunfó cuatro veces el también inglés Nick Park. Antes de que puedan empezar a emular el logro del director de Wallace & Gromit, su creación de ocho minutos y medio This way up deberá medirse con Presto (en su momento presentada como corto previo a Wall-E), un delicioso homenaje a los días de gloria del cartoon slapstick, realizado por el veterano animador de Toy Story Doug Sweetland. Por contraste, los ingleses, cuyo trabajo ya pudo verse en películas como Lemony Snicket – Una serie de eventos desafortunados y Catch me if you can (de Steven Spielberg), cuenta la historia de dos enterradores y su lucha para transportar el cuerpo de una anciana a su destino final, enfrentando varios obstáculos en el camino que amenazan –aunque nunca concretan– afectar la dignidad de la fallecida.
Es como el David y Goliath de la animación. Fundada en 1979 por George Lucas –el creador de Star Wars–, Pixar fue adquirida por el fundador de Apple Steve Jobs. que vendió la firma a Disney por 7,2 billones de dólares. Sus éxitos incluyen a Ratatouille, Bichos, Buscando a Nemo, Monsters Inc., las dos Toy Story y Cars. Smith y Foulkes, entretanto, han estado haciendo lo suyo en los estudios de animación londinense Nexus, que ha formado todo un elenco de directores con reputación de llevar a cabo animaciones novedosas, de asombro. Varios grados más oscura que Pixar, This way up ya ha levantado una buena serie de prestigiosos premios alrededor del mundo. Integró la selección oficial del Sundance Film Festival, ganó el premio del público en el Ottawa Animation Festival y un galardón a la comedia en el London Short Film Festival, además de ser nombrada como la mejor del influyente Siggraph Asia. El inesperado logro de ser considerado como el “mejor film infantil” en el Uppsala International Short Film Festival de Suecia colaboró para que calificara al Oscar. “Nunca pensamos en ella como una película para chicos, pero gracias a ellos estamos en el Oscar –dijo Alan Smith–. Aunque también ganamos un premio en Palm Springs, donde todos tenían 85 años.”
Ganen o pierdan el 22, los dos animadores esperan que la experiencia los ayude a ingresar en el largometraje de animación. “Mientras estemos en Los Angeles, vamos a aprovechar la oportunidad para arreglar encuentros –dijo Smith–. Estamos planeando meternos en un formato más largo, viendo algunos guiones. No estamos realmente esperando ganar el Oscar: se trata simplemente de divertirnos un rato.” Aunque Foulkes y Smith se resisten a buscar comparaciones con Aardman Animations –el estudio que creó a los exitosísimos Wallace & Gromit–, en su trabajo hay una esencia británica similar. Aunque su primera influencia fue el renacimiento de la animación que se dio en los ’80, con la aparición de Channel Four y MTV. De hecho, This way up sólo pudo convertirse en realidad cuando en un festival de Portland (Oregon) llamó la atención de Mike Judge, creador de Beavis & Butt-Head.
Tras graduarse, el dúo trabajó en animaciones para el Pop Mart Tour de U2: Smith dice que el proceso estaba lejos de la hechicería CGI que desarrollaban los Pixar en el Silicon Valley californiano. “Nuestros primeros trabajos fueron de cut and paste en el film, escena a escena. No había efectos especiales”, dicen. Pero el advenimiento de softwares específicamente dedicados a la animación transformó la industria, y los entusiastas de dormitorio de pronto fueron capaces de emular el trabajo multimillonario de los estudios, con sólo respaldarse en su creatividad y habilidad. Desde entonces, Foulkes y Smith se fueron convirtiendo en los más buscados del negocio: crearon comerciales de Coca-Cola para el Super Bowl (el último que hicieron se verá en la final de hoy), y colaboraron con el gigante automotriz Honda. También pusieron una mano en la serie de dibujos animados Monkey Dust, en la que las increíbles excusas de Clive “Mentiroso” Pringle a su esposa –modeladas sobre los argumentos de El Señor de los Anillos, Dune y 24– ayudaron a convertir el personaje en un éxito.
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
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El dúo inglés está nominado al Oscar en el rubro Cortometraje animado: allí se las verá nada menos que con el Presto de Pixar, pero su película, oscura e irónica, parece señalar que los animadores tienen un largo camino por delante.
Por Jonathan Brown *
Cuando la elite de Hollywood se reúna el domingo 22 en el Kodak Theatre de Los Angeles para celebrar otro año de brillantes logros en la industria del cine, las esperanzas inglesas en la gloria del Oscar estarán focalizadas en Kate Winslet, Stephen Daldry y Danny Boyle. Pero mirando un poco más allá en la lista de nominados, espiando desde detrás de los voluminosos trajes de gala de las damas presentes, estarán dos tranquilos animadores ingleses que echaron los dientes en videoclips pop y comerciales. Y que ahora se verán enfrentados a las maravillas del estudio Pixar de Disney, en la puja por uno de los últimos desafíos en la realización cinematográfica. Sentados en una mesa cercana al fondo del famoso auditorio estarán Adam Foulkes y Alan Smith, flanqueados por un par de llenadores de mesas en caso de que los llamen desde el escenario donde Hugh Jackman, estrella de X–Men, conducirá la glamorosa ceremonia anual.
El dúo se conoció en el Royal College of Art de Londres, donde se graduaron en 1966: estos pibes de Shoreditch, al este de Londres, están ahora al borde de la fama internacional, nominados por el Premio de la Academia en la categoría Cortometraje animado. Una categoría en la que triunfó cuatro veces el también inglés Nick Park. Antes de que puedan empezar a emular el logro del director de Wallace & Gromit, su creación de ocho minutos y medio This way up deberá medirse con Presto (en su momento presentada como corto previo a Wall-E), un delicioso homenaje a los días de gloria del cartoon slapstick, realizado por el veterano animador de Toy Story Doug Sweetland. Por contraste, los ingleses, cuyo trabajo ya pudo verse en películas como Lemony Snicket – Una serie de eventos desafortunados y Catch me if you can (de Steven Spielberg), cuenta la historia de dos enterradores y su lucha para transportar el cuerpo de una anciana a su destino final, enfrentando varios obstáculos en el camino que amenazan –aunque nunca concretan– afectar la dignidad de la fallecida.
Es como el David y Goliath de la animación. Fundada en 1979 por George Lucas –el creador de Star Wars–, Pixar fue adquirida por el fundador de Apple Steve Jobs. que vendió la firma a Disney por 7,2 billones de dólares. Sus éxitos incluyen a Ratatouille, Bichos, Buscando a Nemo, Monsters Inc., las dos Toy Story y Cars. Smith y Foulkes, entretanto, han estado haciendo lo suyo en los estudios de animación londinense Nexus, que ha formado todo un elenco de directores con reputación de llevar a cabo animaciones novedosas, de asombro. Varios grados más oscura que Pixar, This way up ya ha levantado una buena serie de prestigiosos premios alrededor del mundo. Integró la selección oficial del Sundance Film Festival, ganó el premio del público en el Ottawa Animation Festival y un galardón a la comedia en el London Short Film Festival, además de ser nombrada como la mejor del influyente Siggraph Asia. El inesperado logro de ser considerado como el “mejor film infantil” en el Uppsala International Short Film Festival de Suecia colaboró para que calificara al Oscar. “Nunca pensamos en ella como una película para chicos, pero gracias a ellos estamos en el Oscar –dijo Alan Smith–. Aunque también ganamos un premio en Palm Springs, donde todos tenían 85 años.”
Ganen o pierdan el 22, los dos animadores esperan que la experiencia los ayude a ingresar en el largometraje de animación. “Mientras estemos en Los Angeles, vamos a aprovechar la oportunidad para arreglar encuentros –dijo Smith–. Estamos planeando meternos en un formato más largo, viendo algunos guiones. No estamos realmente esperando ganar el Oscar: se trata simplemente de divertirnos un rato.” Aunque Foulkes y Smith se resisten a buscar comparaciones con Aardman Animations –el estudio que creó a los exitosísimos Wallace & Gromit–, en su trabajo hay una esencia británica similar. Aunque su primera influencia fue el renacimiento de la animación que se dio en los ’80, con la aparición de Channel Four y MTV. De hecho, This way up sólo pudo convertirse en realidad cuando en un festival de Portland (Oregon) llamó la atención de Mike Judge, creador de Beavis & Butt-Head.
Tras graduarse, el dúo trabajó en animaciones para el Pop Mart Tour de U2: Smith dice que el proceso estaba lejos de la hechicería CGI que desarrollaban los Pixar en el Silicon Valley californiano. “Nuestros primeros trabajos fueron de cut and paste en el film, escena a escena. No había efectos especiales”, dicen. Pero el advenimiento de softwares específicamente dedicados a la animación transformó la industria, y los entusiastas de dormitorio de pronto fueron capaces de emular el trabajo multimillonario de los estudios, con sólo respaldarse en su creatividad y habilidad. Desde entonces, Foulkes y Smith se fueron convirtiendo en los más buscados del negocio: crearon comerciales de Coca-Cola para el Super Bowl (el último que hicieron se verá en la final de hoy), y colaboraron con el gigante automotriz Honda. También pusieron una mano en la serie de dibujos animados Monkey Dust, en la que las increíbles excusas de Clive “Mentiroso” Pringle a su esposa –modeladas sobre los argumentos de El Señor de los Anillos, Dune y 24– ayudaron a convertir el personaje en un éxito.
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
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viernes, 30 de enero de 2009
Groucho Marx y la crisis del 29

Este artículo fue escrito por Groucho Marx sobre su propia experiencia personal del crack de 1929 en Wall Street. Lo incluyo en la sección porque, a pesar de que Groucho de Bolsa sabía lo que yo sé de alfarería, es una de las mejores lecciones de bolsa que jamás he tenido en toda mi vida. Y estoy seguro de que vosotros vais a opinar igual.
En el artículo, Groucho Marx, sin saberlo, describe en forma magistral lo que ocurre durante la 3ª fase de los mercados alcistas; es decir, la fase en la que en las salas de las agencias de bolsa hay más gente que en los teatros, la fase en la que la conversación más habitual entre el carnicero y el fontanero es hablar de bolsa, la etapa en la que la bolsa es constante noticia de primera plana en la Tv, la prensa y la radio.
En al artículo podréis comprobar además hasta qué punto es cierto que en el precio de las acciones influye mucho más la psicología de masas que los fundamentos económicos de las compañías. Comprenderéis por qué en la bolsa tiene muchas más posibilidades de ganar dinero un psicólogo que un economista. Descubriréis por qué el análisis técnico (pues todo él está basado en la psicología y el comportamiento de masas) tiene muchas más posibilidades de llevarnos al éxito que el análisis fundamental. Podréis comprobar además cómo la gran masa de inversores no se mueve por criterios racionales sino emocionales y descubriréis en toda su crudeza los terribles efectos de los dos grandes demonios que dirigen el comportamiento de la masa: la ambición y la avaricia (que producen la "fiebre del oro") y el miedo y el pánico (que producen estampidas espeluznantes en las que unos pisotean a los otros, en un sálvese quien pueda frenético).
Por último, comprenderéis que no hay mal que por bien no venga. Entenderéis por qué fue precisamente durante los años 30, es decir durante la época inmediatamente posterior al terrible crack de 1929, cuando los grandes genios innovadores de la bolsa (gente como Schabaker, Elliot, Wickoff, Gann, etc) crearon sus teorías y nos aportaron sus genialidades. Después del 29, los analistas se encontraron con tiempo de sobra para reflexionar sobre los errores cometidos y los frutos de aquella reflexión fueron las mejores aportaciones que jamás se han hecho al estudio de la bolsa. Y justo en aquellos frutos (el chartismo, Elliot, etc) nos basamos hoy en día para intentar ganar dinero en la caprichosa bolsa.
El artículo que escribió Groucho Marx dice así:
"...Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercado de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.
Mi sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era calderilla en comparación con la pasta que ganaba teóricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.
Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo: - Hace un ratito han subido dos individuoss, señor Marx, ¿sabe? Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame, amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: "Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation" […]
Le di cinco dólares y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acababa de desayunar y todavía iba en batín. -En el vestíbulo de este hotel están las ooficinas de un agente de Bolsa -dijo-. Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia. -Harpo -dije-, ¿estás loco? ¡Si esperamos hasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros! De modo que con mis ropas de calle y Harpo con su batín, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con una garantía del veinticinco por ciento. Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa esa garantía del veinticinco por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le quedaba a deber al agente. Era como robar dinero.
El miércoles por la tarde, en Broadway, Chico encontró a un habitual de Wall Street, quien le dijo en un susurro: -Chico, ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta los quinientos. ¡Cómpralas antes de que sea demasiado tarde! Lo sé de muy buena tinta. Chico corrió inmediatamente hacia el teatro, con la noticia de esta oportunidad. Era una función de tarde y retrasamos treinta minutos el alzamiento del telón hasta que nuestro agente nos aseguró que habíamos tenido la fortuna de conseguir seiscientas acciones. ¡Estábamos entusiasmados! Chico, Harpo y yo éramos cada uno propietarios de doscientas acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó. Dijo: - No ocurre a menudo que alguien entre conn tan buen pie en una Compañía como la Anaconda.
El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran "arriba, arriba, arriba". Hasta entonces yo no había imaginado que uno pudiera hacerse rico sin trabajar. Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles, ahora inexistente. -Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegaará más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Luego añadió: -¿Por qué no abandonas el teatro y olvidass esos miserables dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway. -Max -contesté-, no hay duda de que tu connsejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor Sam Harris. Los que por entonces no sabía era que Kaufman, Ruskind, Berlin y Harris también compraban a crédito y que, finalmente, iban a ser aniquilados por sus asesores financieros. Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara quinientas acciones de la Auburn Motor Company.
Pocas semanas más tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo, con el señor Gordon […] El día anterior, las Auburn habían pegado un salto de treinta y ocho enteros. Me volví hacia mi compañero de golf y dije: -Max, ¿cuanto tiempo durará esto? Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson. -Hermano, ¡todavía no has visto nada!
Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo. - No sé gran cosa sobre Wall Street - empeecé a decir en son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones? Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo: - Señor Marx, tiene mucho que aprender aceerca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para llenar un libro. - Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora ¿qué estaba usted diciendo? Adecuadamente castigado y amansado, respondió: - Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, perro éste ha cesado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane. Con cierto cansancio pregunté: -¿Cree que es una buena compra? -No hay otra mejor -me contestó-. Si hay aalgo que todos hemos de usar son las tuberías. (Se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que apareciesen en las listas de cotizaciones.) -Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amiggos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías. -Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí-. ¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de Tuberías Crane? Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para doscientas acciones; no, mejor aún, que sean trescientas
Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba doblar su valor en pocos meses.
En los periódicos actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta un centenar de dólares por dos entradas para ver My Fair Lady (1) (Personalmente opino que vale esos dólares.) Bueno, una vez pague treinta y ocho mil por ver a Eddie Cantor en el Palace […] Cantor era vecino mío en Great Neek. Como era viejo amigo suyo cuando terminó la representación fue a verle en su camerino. […] Encanto -prosiguió Cantor-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo? Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente no era así, y comprendí que se dirigía a mí. Eddie, cariño - contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio! Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo: -Precioso, ¿tienes algunas Goldman Sachs? -Dulzura -respondí (a este juego pueden juugar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas ¿Qué es Goldman Sachs? ¿Una marca de harinas? Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia mí. Por un momento pensé que iba a besarme. -¡No me digas que nunca has oído hablar dee las Goldman Sachs! -exclamó incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores . Luego consultó su reloj y dijo: -Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman Sachs. Creo que hoy ha cerrado a 156… ¡y a 156 es un robo! Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y nos separamos. ¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Figurese, si no llego a ir aquella tarde al Teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia. A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento en que se abría la Bolsa. Aflojé el veinticinco por ciento de treinta y ocho mil dólares y me convertí en afortunado propietario de doscientas acciones de la Goldman Sachs, la mejor compañía de inversiones de América
Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Broadway. Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones se limitaban a la cantidad que tal y tal valor habían subido la semana pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros de toda la vida- en Wall Street. Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión.
De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: "Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse."
Yo no estaba presente cuando la Fiebre del Oro del cuarenta y nueve. Me refiero a 1849. Pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la que ahora infectaba al todo el país. El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro de que hubiesen conseguido algo aunque lo hubieran intentado, pero en todo caso el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición.
Un día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presos del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores que por entonces solo tenían el nombre de tales. Luego el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando garantías adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías que desaparecían rápidamente.
Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. [...] Todo lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!" Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo...se suicidó.
En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía. Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del Banco para cubrir las garantías. Las acciones de Cobre Anaconda se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (no creas que no he leído a Hemingway), y finalmente se estabilizaron a 2 7/8. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a United Corporation se saldó a 3,50. Las habíamos comprado a 60. La función de Cantor en el Palace fue magnífica ¿Goldman-Sachs a 156 dólares? Cuando la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un dólar por acción.
El ir al desahucio financiero no constituyó una pérdida total. A cambio de mis doscientos cuarenta mil dólares obtuve un insomnio galopante, y en mi círculo social el desvelamiento empezó a sustituir al mercado de valores como principal tema de conversación..."
Groucho y yo (Groucho Marx)
En el artículo, Groucho Marx, sin saberlo, describe en forma magistral lo que ocurre durante la 3ª fase de los mercados alcistas; es decir, la fase en la que en las salas de las agencias de bolsa hay más gente que en los teatros, la fase en la que la conversación más habitual entre el carnicero y el fontanero es hablar de bolsa, la etapa en la que la bolsa es constante noticia de primera plana en la Tv, la prensa y la radio.
En al artículo podréis comprobar además hasta qué punto es cierto que en el precio de las acciones influye mucho más la psicología de masas que los fundamentos económicos de las compañías. Comprenderéis por qué en la bolsa tiene muchas más posibilidades de ganar dinero un psicólogo que un economista. Descubriréis por qué el análisis técnico (pues todo él está basado en la psicología y el comportamiento de masas) tiene muchas más posibilidades de llevarnos al éxito que el análisis fundamental. Podréis comprobar además cómo la gran masa de inversores no se mueve por criterios racionales sino emocionales y descubriréis en toda su crudeza los terribles efectos de los dos grandes demonios que dirigen el comportamiento de la masa: la ambición y la avaricia (que producen la "fiebre del oro") y el miedo y el pánico (que producen estampidas espeluznantes en las que unos pisotean a los otros, en un sálvese quien pueda frenético).
Por último, comprenderéis que no hay mal que por bien no venga. Entenderéis por qué fue precisamente durante los años 30, es decir durante la época inmediatamente posterior al terrible crack de 1929, cuando los grandes genios innovadores de la bolsa (gente como Schabaker, Elliot, Wickoff, Gann, etc) crearon sus teorías y nos aportaron sus genialidades. Después del 29, los analistas se encontraron con tiempo de sobra para reflexionar sobre los errores cometidos y los frutos de aquella reflexión fueron las mejores aportaciones que jamás se han hecho al estudio de la bolsa. Y justo en aquellos frutos (el chartismo, Elliot, etc) nos basamos hoy en día para intentar ganar dinero en la caprichosa bolsa.
El artículo que escribió Groucho Marx dice así:
"...Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercado de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.
Mi sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era calderilla en comparación con la pasta que ganaba teóricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.
Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo: - Hace un ratito han subido dos individuoss, señor Marx, ¿sabe? Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame, amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: "Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation" […]
Le di cinco dólares y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acababa de desayunar y todavía iba en batín. -En el vestíbulo de este hotel están las ooficinas de un agente de Bolsa -dijo-. Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia. -Harpo -dije-, ¿estás loco? ¡Si esperamos hasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros! De modo que con mis ropas de calle y Harpo con su batín, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con una garantía del veinticinco por ciento. Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa esa garantía del veinticinco por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le quedaba a deber al agente. Era como robar dinero.
El miércoles por la tarde, en Broadway, Chico encontró a un habitual de Wall Street, quien le dijo en un susurro: -Chico, ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta los quinientos. ¡Cómpralas antes de que sea demasiado tarde! Lo sé de muy buena tinta. Chico corrió inmediatamente hacia el teatro, con la noticia de esta oportunidad. Era una función de tarde y retrasamos treinta minutos el alzamiento del telón hasta que nuestro agente nos aseguró que habíamos tenido la fortuna de conseguir seiscientas acciones. ¡Estábamos entusiasmados! Chico, Harpo y yo éramos cada uno propietarios de doscientas acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó. Dijo: - No ocurre a menudo que alguien entre conn tan buen pie en una Compañía como la Anaconda.
El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran "arriba, arriba, arriba". Hasta entonces yo no había imaginado que uno pudiera hacerse rico sin trabajar. Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles, ahora inexistente. -Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegaará más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Luego añadió: -¿Por qué no abandonas el teatro y olvidass esos miserables dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway. -Max -contesté-, no hay duda de que tu connsejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor Sam Harris. Los que por entonces no sabía era que Kaufman, Ruskind, Berlin y Harris también compraban a crédito y que, finalmente, iban a ser aniquilados por sus asesores financieros. Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara quinientas acciones de la Auburn Motor Company.
Pocas semanas más tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo, con el señor Gordon […] El día anterior, las Auburn habían pegado un salto de treinta y ocho enteros. Me volví hacia mi compañero de golf y dije: -Max, ¿cuanto tiempo durará esto? Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson. -Hermano, ¡todavía no has visto nada!
Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo. - No sé gran cosa sobre Wall Street - empeecé a decir en son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones? Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo: - Señor Marx, tiene mucho que aprender aceerca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para llenar un libro. - Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora ¿qué estaba usted diciendo? Adecuadamente castigado y amansado, respondió: - Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, perro éste ha cesado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane. Con cierto cansancio pregunté: -¿Cree que es una buena compra? -No hay otra mejor -me contestó-. Si hay aalgo que todos hemos de usar son las tuberías. (Se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que apareciesen en las listas de cotizaciones.) -Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amiggos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías. -Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí-. ¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de Tuberías Crane? Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para doscientas acciones; no, mejor aún, que sean trescientas
Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba doblar su valor en pocos meses.
En los periódicos actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta un centenar de dólares por dos entradas para ver My Fair Lady (1) (Personalmente opino que vale esos dólares.) Bueno, una vez pague treinta y ocho mil por ver a Eddie Cantor en el Palace […] Cantor era vecino mío en Great Neek. Como era viejo amigo suyo cuando terminó la representación fue a verle en su camerino. […] Encanto -prosiguió Cantor-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo? Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente no era así, y comprendí que se dirigía a mí. Eddie, cariño - contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio! Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo: -Precioso, ¿tienes algunas Goldman Sachs? -Dulzura -respondí (a este juego pueden juugar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas ¿Qué es Goldman Sachs? ¿Una marca de harinas? Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia mí. Por un momento pensé que iba a besarme. -¡No me digas que nunca has oído hablar dee las Goldman Sachs! -exclamó incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores . Luego consultó su reloj y dijo: -Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman Sachs. Creo que hoy ha cerrado a 156… ¡y a 156 es un robo! Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y nos separamos. ¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Figurese, si no llego a ir aquella tarde al Teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia. A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento en que se abría la Bolsa. Aflojé el veinticinco por ciento de treinta y ocho mil dólares y me convertí en afortunado propietario de doscientas acciones de la Goldman Sachs, la mejor compañía de inversiones de América
Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Broadway. Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones se limitaban a la cantidad que tal y tal valor habían subido la semana pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros de toda la vida- en Wall Street. Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión.
De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: "Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse."
Yo no estaba presente cuando la Fiebre del Oro del cuarenta y nueve. Me refiero a 1849. Pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la que ahora infectaba al todo el país. El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro de que hubiesen conseguido algo aunque lo hubieran intentado, pero en todo caso el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición.
Un día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presos del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores que por entonces solo tenían el nombre de tales. Luego el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando garantías adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías que desaparecían rápidamente.
Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. [...] Todo lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!" Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo...se suicidó.
En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía. Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del Banco para cubrir las garantías. Las acciones de Cobre Anaconda se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (no creas que no he leído a Hemingway), y finalmente se estabilizaron a 2 7/8. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a United Corporation se saldó a 3,50. Las habíamos comprado a 60. La función de Cantor en el Palace fue magnífica ¿Goldman-Sachs a 156 dólares? Cuando la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un dólar por acción.
El ir al desahucio financiero no constituyó una pérdida total. A cambio de mis doscientos cuarenta mil dólares obtuve un insomnio galopante, y en mi círculo social el desvelamiento empezó a sustituir al mercado de valores como principal tema de conversación..."
Groucho y yo (Groucho Marx)
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